jueves, 19 de agosto de 2010

A ANA

La luz plateada

que se filtra por los cristales

en medio de la noche eterna

vaga por mi espíritu insomne.



El sueño se ha fugado por los párpados

y yaces dormida, tranquilas,

con el arrullo del viento gélido

que se escabulle como intruso

llorando un suspiro inconcluso

de mis labios a tus labios....



Entre sombras aparece tu rostro

e la sonrisa que escapa de tu boca

me deleito en fantasías con tu cuerpo

y me callo cuanto te veo.



No creo que aún te ame,

es demasiado grande para pensarlo

sólo que floto por la noche

con sólo recordarte

y una estrella fugaz

me trae a la memoria tu cabellera,

un par de luceros

son tus ojos mirándome.



La noche es eterna

y mi alma perenne

tu nombre tan corto

y a la vez tan sublime,

un beso se convierte en deseo

y mis palabras huyen al mirarte,

la luna es mi único testigo

y el silencio mi refugio

el frío atormenta la piel

y no decirte nada es la hiel...



No te amo,

eso ya lo escribí

solo que eres el fuego

que arde en mis entrañas,

y es tan raro al decir

que para amarte,

por conocerte

no he podido amarte.



Si le pregunto al sabio búho

no me dirá palabra alguna,

una luciérnaga brillará en la oscuridad,

un murciélago sus alas extenderá,

la noche con su manto caminará

y el insomnio a mis ojos

no lo dejará soñar.



Tu yaces a esta nostálgica hora dormida

y o distas mucho de mi cuerpo,

sólo un muro se interpone

ante tu belleza y mis ojos,

sólo el miedo de conocerte

no me ha dejado llegar a ti...



Vuela en tus sueños

al ala de mariposa

y en su delicado movimiento

posa aquel beso que no me has dado

encima de mis párpados;

navega por la vida

que yace dormida

buscando la felicidad escondida

y aquellas caricias perdidas

de mis manos que tiemblan

por sólo admirarte

aunque yo no te ame





¡Tengo miedo!

La muerte es tan fría y helada

que parece esta noche insomne,

un nocturno escrito por Silva

o una canción desesperada

de Pablo Neruda,

amigos que me acompañan con sus versos

amantes que escuchan mis desvelos,

los que me aconsejan

lo que habré de decirte

y no me atrevo aún hacerlo.



Navega un barco

por la inmensa mar

se desliza suavemente por las olas,

lleva escrito un nombre,

el tuyo...

lo capitanea como único marinero

un solitario hombre,

ese soy yo...

guío su timón por la noche serena

dejando una estela de estrellas,

la acompaña el silencio

profundo de sus meditaciones

lleva una pena en el alma

lleva una herida en la pena,

lleva una alegría en la herida,

dejo tu nombre escrito en al arena

y una carta escribió

en una hoja blanca de papel;

pensó que algún día la leerías

más se le olvido al partir

entregársela al cartero

para que te la llevará a ti...



No interesa lo que decía la carta,

sólo lo que le pasó a ella:

se convirtió en avión

la hojita de papel,

aquella que navega por tus sueños

en los aires de tu respiración

y procura que no tenga desvelos

como el alma de aquel soñador.



La cobija tendida está sobre mi cuerpo,

el frío en una silla se ha dormido,

la luna aún sueña

con aquello que no he escrito;

se desliza la pluma por la página

tratando de descubrir este martirio;

los segundos transcurren como horas,

el discurso yerto como espíritu

se ha tendido en la cama de la noche,

mi cuerpo aún reposa desvelado,

y tu nombre... tu bendito nombre

me mantiene en este suplicio.



¡Oh, mujer! Maquiavélica invención de Dios,

que ser tu flecha envenenada

a mi cuerpo lentamente matas,

dadme el descanso

a mi alma aprisionada,

un infierno de catacumba

en esta noche lenta y larga

de una sombra y otra sombra

que al acecho de mi espíritu

saltas con tu espectral imagen

de irónica belleza satirizada

a devorarme como fiera salvaje,

sin ni siquiera osar pedir permiso

para en mi corazón incrustarse...





¡Oh mujer! ¡Oh delirio mío!

sueño de mi fantasía

que en lúgubres trasnochos

sueño que eres mía,

que de mis labios afloran palabras

que aún no siento que sean verdad

y escucho de tu boca

aquello que aún no me atrevo a escuchar.



Y es una noche eterna

esta noche lenta;

mas no digo que estés muerta

sólo que aún vives

en los párpados de las estrellas,

en las trenzas del cometa,

en la risa blanca de la luna,

en tu silueta escondida entre las sombras,

al otro lado del muro

de roca, piedra, yeso, cal,

tan cerca de mis manos,

tan lejos a mis sentires.



No te amo y te pienso,

no me persigues y te quiero

¡Oh! ¿Qué daría para que acabara

el suplicio de esta noche?

¿El sueño se compadeciera de mí?

¿Olvidaría que tu existes?

¿Olvidara que te amo?

Sin ni siquiera pensar en recordarte

Sin ni siquiera pensar en amarte...

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