La pluma en la mano
lista a escribir,
la hoja en la mesa
con aquellas palabras inconclusas,
la caligrafía es esbelta,
la luz un poco tenue
brota de una vela,
la sombra del cuerpo
yace a la espalda
entre el piso y el techo;
se acomoda la manga un poco,
ha estado estorbando,
un puro yacen en el cenicero
a medio quemar
elevando su aroma a tabaco
por la oscura habitación,
una copa también
ocupa un espacio de mesa,
podía ser whisky o ajenjo,
también agua, no se sabe.
Observa con los ojos ávidos
las líneas ya escritas
apuntando con la pluma
para hacer cualquier conexión
son aquellas letras
un espejo de epigramas
de su compleja personalidad
y con inocencia,
más también con un toque de locura
las devora con la mirada,
podía haber algo más
en el oscuro aposento
más nada en el mundo
lograría desconcentrarte.
Son sus ojos
tan devoradores en este instante
con la letra virgen,
la reina profana
que nace en su alma
y yace morada en la hoja
que mece en la mesa,
acariciándole dulcemente
como piel amada
y sólo al poner el último punto
esboza una sonrisa
y la lee como si nunca
la hubiese leído
y mucho menos
el haberla escrito
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