Camino contigo,
estando sin ti,
siento tu mano
sin tenerle en la mía,
doy pasos a un abismo
y me hundo en la oscuridad;
agonizo lentamente
en vil agonía
de lenta sinfonía
de mi patética vida.
Un ocaso de un día
que aún no acaba,
un alba de otro
que todavía no nace.
Río, lloro, sufro,
y así contradezco
mi lobuna perpetuidad
de una nostalgia
diluida en cuatro líneas
de una virginal hoja.
Muero y decaigo
sin tener motivo,
solo que un pensamiento
nunca permitido
se filtra a cada neurona
de mi caótica mente,
es que pienso en tí
sin desear hacerlo,
y aunque puedo traer
mil frasea a mi consiente,
todas se definen en unas letras:
las de tu nombre.
No sabes lo que he sufrido
con sólo imaginarte,
no sabes lo que siento
con sólo añorarte,
es que te esculpiste
entre mi pecho y alma
sin que tu ni siquiera
lo hubieras deseado
y yo menos soñado.
Reminiscencias que tengo de ti
en antiquísimos tiempos,
no más pasado que ayer,
tan presente como el mañana
y tan susceptibles a la nada
como el aroma de una rosa
y frágil como el diamante que eres.
Observo tu sombra entre fantasmas,
me pierdo en el infinito mismo,
se extravía en mi perpetua mirada
y ya no te puedo decir nada
porque no estás para pronunciar palabra.
¡Suspiro! Sin tener mayor cosa que hacer,
y lenta, muy lentamente voy muriendo
en triste final por amarte
y entregarme a tu nombre,
único recuerdo que me queda de ti.
Antes de conocerte
no sabía que era amar,
ahora que lo sé
preferí no entenderlo,
porque al borde de una lágrima
te perdí para siempre,
y en un beso inconcluso
se alejaron tus labios.
Hoy, solo deseo tenderme
en tiesa cama de madera,
que cuatro cirios titilantes
derraman lágrimas de cera
pro mi cuerpo inerte,
se deslice por el aire
el aroma de los incencios,
e inunda el espacio
el olor marchito de las coronas,
y así en tenebrosa partida
olvidar que eras mía,
olvidar que un día te conocí,
otro me enamore
y al final te perdí...
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