jueves, 19 de agosto de 2010

Y YO AUN SIGO VIVO

Ya duermes en cama fría

de dura contextura,

tan bello cuerpo reposa

en el descanso que no tiene fin,

tus ojos ya duermen

en el abismo de la eterna noche,

y aún así pareces durmiendo

en el más tétrico cuadro.



Unos cirios vigilan tu sueño,

mientras que las lágrimas

ardientes de su llama

descienden por la frágil esperma

a su base de bronce,

y lloran al hacerte guardia

la noche de un velorio,

sepelio de los dolientes,

partida de los tristes,

viajen sin retorno...



Las coronas casi cubren tu ataúd,

flores que se marchitan

junto a tu mortaja;

olor de muertos,

un aroma que no parece cierto;

fragancia de jazmín, violeta y rosa,

para aquella que es primorosa

y siempre fue hermosa...



se confunde su aroma

con el llanto de las ceras,

y perfuma tu tiesa madera

tratando de perseguirte

a donde tu vayas,

y tu fresco perfume

inunda todo mi cuarto,

parece que caminaras

por donde ya no van tus pisadas,

parece que andaras

por donde tu pie ya no descansa...



¡Y tu cama!

Su oscuro y trasnochador color,

de un negro que se confunde

con la interminable noche,

hecho de caoba, cedro o pino,

sarcófago que guarda tu cuerpo

en la tumba bajo tierra,

hasta que al día de exhumar

tus restos, en tus pálidos huesos

se halla perdido la belleza

que al interior de tu vestido blanco

llevas puesta,

no existan tus senos

que tantas veces acaricie,

tu sexo desaparecido,

cueva de leones,

de donde extraje la más pura miel;

tus piernas, tus caderas, tus manos,

ya no existan más;

y tus labios

de donde escuche palabras

nacidas de tu corazón que ya no late más...

silencios que parecen eternos,

y ahora se que es la eternidad:

es vivir un minuto con tu presencia

y una hora sin ti...



Y tus labios que ya no están,

esos labios

de donde brotan besos

que ya no pasaran en mis labios...



Escucho los rezos...

Letanías que nunca terminan,

murmullos que apenas me eran audibles,

palabras que para mí

ya no tienen ningún tipo de sentido,

porque no hay nada

que me consuele en mi dolor...



¿Para qué decir

frases que no significan nada?

¿Por qué mencionar tonterías

que no calman al alma?

¿Acaso lo que hagamos

en memoria del que murió

le dará el descanso que necesita?

No existen las respuestas,

sólo... que preferiría el silencio

de sólo una contemplación

a tu yerto cuerpo

al murmullo de los que no han muerto.



El incendio se eleva con las palabras,

el humo espesa los sentimientos,

la atmósfera se hace pesada,

el aroma de las flores,

la fragancia de ella,

se extiende por el salón

se eleva a los cielos

y me conduce a los infiernos...



- Ella ha muerto –

me lo recalca el aroma;

- ella ya no está –

me lo dicen las velas;

- ¿Para qué la lloras si ya murió?

Así me habla el ataúd;

- Resígnate hombre, te acompaño en el dolor –

me dice una voz

que no tiene idea de lo que es mi ardor...



Y sentado en esta silla

se me escapa un largo suspiro,

las lágrimas llagan mi rostro,

su filudo borde lacera mi alma,

y la muerte danza con ella un vals

como su pareja

y con el silencio como orquesta...



Me levanto...

camino junto a su mortaja,

abro la tapa,

la veo irónicamente sonriente,

paso mis labios

en el hielo de su boca,

una lágrima mía

se deposita en su blanco rostro;

cierro... y salgo a caminar

cuando ya amanece un nuevo día

y el viento de la mañana golpea mi faz;

prendo un cigarro,

aspiro el humo,

me alejo sin afán del lugar;

pienso... reflexiono... medito...

ella murió...

y yo aún sigo vivo...!



¡Sus!

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